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Administrar una lechería kiwi
Hace diecisiete años atrás, los Patiño decidieron aceptar una oferta laboral en la Isla Norte de Nueva Zelandia y emigrar del país. “Paty” así le dicen sus amigos a Andrés, junto a Jorgelina, su mujer y Keila su primera hija, que en ese entonces tenía apenas tres años, quemaron las naves y partieron en búsqueda de un lugar que les permitiera progresar y vivir mejor. Los trágicos sucesos del 2001 fueron demasiado para los Patiño –se conocieron estudiando en la Facultad de Esperanza–, por lo que decidieron dar vuelta la página en la Argentina. “Con nuestra hija mayor ya nacida y luego de renegar muchísimo un par de años, ver a nuestros padres perder sus ahorros y de darnos cuenta que no estábamos yendo a ningún lado, empezamos a considerar otros países. A principios del 2002 empezamos a mandar nuestros curriculums a trabajos en EE.UU., Australia y Nueva Zelanda”, relata Paty. “Sobre Nueva Zelandia habíamos leído en los materiales que estudiábamos de la Universidad de Massey en la facultad y de los relatos que nuestro amigo Carlos Cuadrado –uno de los pioneros en vivir y trabajar en suelo kiwi–, nos había hecho de lo maravilloso que era todo. En realidad, fue más el desencanto con Argentina que la atracción de Nueva Zelandia lo que nos motivó a partir”.
Una variada experiencia laboral
Ni siquiera sus primeros pasos de Paty como ingeniero agrónomo en la lechería de Milkaut en Catamarca los convencieron. A principios del 2003 tuvieron una oferta laboral y la aceptaron. “Vendimos todo lo que teníamos, incluyendo un terrenito en Esperanza. Estaba todo tan desequilibrado en la Argentina que ni vendiendo todo lo que teníamos alcanzó para pagar los tres pasajes por lo que tuvimos que pedir prestado a mis suegros”, recuerda. “Soñábamos con darle una educación de primer mundo a nuestra hija y que sea bilingüe desde chiquita. Queríamos vivir tranquilos y seguros en un país que respete al que labura.”
En mayo de ese año, dijeron adiós a sus familias y se subieron a un avión. “Estuvimos unos meses en Bay Of Plenty en una lechería de 800 vacas, luego estuvimos cuatro años en una lechería de 500 vacas con riego con pivot en Kapiti Coast, a 50 kilómetros al norte de Wellington; dos años en Osorno, Chile, trabajando para una empresa neocelandesa; dos años en una lechería de 320 vacas en Waikato para terminar estos últimos nueve años en la Isla Sur”, enumera el periplo laborar en estos años La adaptación no fue tan fácil pero tampoco tan difícil admiten. “Tuvimos que aprender el idioma, a manejar en el sentido opuesto pero Nueva Zelandia es tan ordenado que el resto fue muy fácil”, destaca Paty. En el 2004 nace su hijo Julian en Wellington y en el 2006 su tercera hija Xiara en Paraparaumu. “Leyendo libritos de niños a mis hijos me ayudó a aprender inglés mas rápido”, recuerda sonriente. “Hoy Keila (20) está en la universidad estudiando para maestra, Julian (16) terminando el secundario y le encanta el futbol y Xiara (14) que también está el secundario es parte del seleccionado nacional de Nado Sincronizado”.
Los Patiño, contratistas lecheros
Hace nueve años recalaron en la Isla Sur y desde el 2019 trabajan en D’acre Costa Lotta, una lechería de 600 vacas como “Contract Milker” en Wynham, cerca de la ciudad de Invercargill. “Un Contract Milkers es un contratista que se lleva un porcentaje del cheque de la leche por administrar unalechería”, aclara Paty. “En el acuerdo, nosotros proveemos la mano de obra –además de nosotros tenemos tres personas a tiempo completo y uno parcial–, un tractor de 130 HP con pala frontal, algunas máquinas, una camioneta dedicada al campo solamente, dos cuatriciclos y dos motos”. Dentro del acuerdo, los Patiño deben pagar otros gastos mientras el dueño asume básicamente la alimentación. “Nos hacemos cargo de la electricidad, el combustible y el mantenimiento de nuestros fierros, además de todas las partes de goma de la lechería, detergentes para el lavado de la planta, ropa de protección de nuestros empleados –guantes, ropa de lluvia, botas, etc–, el seguro, contador, etc”, detalla. “Este es nuestro tercer contrato de este tipo. En Nueva Zelandia se aprecia que tengas experiencias diversas que te abran la cabeza y te brinden ideas para solucionar problemas. Hasta el 2009 trabajé como manager y después arrancamos como contratistas. Antes de irnos para Chile ya nos habíamos independizado y empezado a facturar.” Para alimentar y albergar las 600 vacas lecheras, los Patiño manejan un campo de 170 hectáreas en un sistema semi-intensivo, dividido en 52 potreros de entre 3 y 4 hectáreas cada uno de ellos. Además, el campo tiene dos fracciones complementarias de 60 hectáreas cada uno para la confección de reservas y alimentación de la recría. Para el ordeñe cuentan con una espina de pescado de 40 bajadas e incluso un galpón de alimentación.

Crianza colectiva. Para que compitan bien entre ellos permanentemente están reagrupando los terneros a fin de uniformar los lotes. Aunque estos alimentadores con tetinas tienen capacidad de suministrar alrededor de 40 terneras, al comienzo se las tienen encerrados en grupos de no más de veinte hasta que estén los suficientemente fuertes y capaces de pelear por la tetina.
Para ordeñar las 600 vacas en producción cuentan con una espina de pescado de 40 bajadas. Los horarios son a las 5.00 AM y 2.30 PM.

Galpón de alimentación con capacidad para 300 vacas. Se utiliza estratégicamente todo el año cuando se necesita dar algún complemento como silo o palm kernel.
Al ritmo de las estaciones
Todas las campañas se miden en semanas. Al trabajar en un sistema de servicios estacionales, Paty señala que existen períodos donde el trabajo es bastante relajado, pero en otros se vuelve muy intenso. “Como es típico en Nueva Zelandia, acá las vacas paren entre agosto, septiembre y principios de octubre en un total de doce semanas. Es sin duda, la peor época del año ya que al frío y la humedad del invierno sureño se le suma la carga laboral”, destaca. “En este período tenemos que alimentar a las vacas secas y a las de pre-parto, juntar terneros recién nacidos y separarlos de las madres donde en algunos días suman de a veinticinco, el ordeño y la alimentación de las que están calostrando, el ordeño y la alimentación de lecheras incluyendo el amansado de las vaquillas”.
Paty asegura que en esos meses se llegan a trabajar hasta doce o catorce horas por día donde alimentar a los terneros es uno de los trabajos más pesados junto al amanse de las vaquillas.Luego vendrá la temporada de servicios. A partir de noviembre y hasta principios de enero comienza una maratón para inseminar todo el rebaño. “Hacemos seis semanas de inseminación artificial y luego otras seis con repaso de toros Hereford. Esto implica, tratar hormonalmente las vacas con anestro, detectar celos todos los días y apartar las vacas para inseminar algo muy difícil de delegar. Por suerte mañana (2 de diciembre) entran los toros y voy a poder dormir después de seis semanas muy intensas”.
El objetivo en D’acre Costa Lotta es inseminar el 90% del rebaño en las primeras tres semanas y lograr al menos 70% de preñez. Ya saben que 378 vacas parirán en las primeras tres semanas de agosto. En esta época se suma la aplicación de urea –aportan un promedio de 400 kg/ha/año–, la confección de reservas como silaje y henolaje, la siembra de brasicas para el invierno, y el pesaje y deslechados de terneras. “En esta época es normal trabajar entre ocho y diez horas por día”, acota. De febrero hasta fin de mayo transitan la última temporada productiva del rebaño donde el ritmo prácticamente se mantiene. “Tratamos de mantener las vacas bien alimentadas para lograr una producción anual por vaca de unos 500 kg de sólidos que representa aproximadamente tres millones de litros al nueve por ciento de sólidos. En febrero también se hace una ecografía para saber cuáles son las vacas vacías y que lamentablemente se tendrán que ir de la empresa”, señala. “En mayo organizamos el secado de las vacas para prepararlas para el próximo parto. Así las agrupamos en rebaños de 90 a 100 vacas por fecha de parto. Usamos terapia de secado selectiva de acuerdo al conteo de células somáticas y selladores inertes de pezones”.
Junio y Julio son los meses más relajados admiten los Patiño donde sólo tienen que cuidar las vacas secas pastoreando en cultivos de brasicas por lo que la carga laboral no supera las cuatro o cinco horas diarias. “De todas maneras estamos considerando complicarnos la vida un poco más para el 2021. La idea es ordeñar las vacas de parto de septiembre-octubre durante junio inclusive y recién secarlas en julio, extendiendo la campaña productiva. Y las vacas vacías pensamos ordeñarlas todo junio y julio para venderlas recién en agosto”, aventura. “La razón para hacer esto es mejorar nuestro flujo económico ya que al no producir leche durante el invierno nuestro primer cheque recién entra el 20 de septiembre, mientras que los gastos continúan, sobre todo sueldos”.

Junio y Julio son los meses más relajados admiten los Patiño donde sólo tienen que cuidar las vacas secas pastoreando en cultivos de brasicas.

En esta época además de asegurar la preñez del rebaño se suma la aplicación de urea –aportan un promedio de 400 kg/ha/año–, la confección de reservas como henolaje, la siembra de brasicas para el invierno, entre otras tareas.
EL PESO DE LA DEUDA
A la hora de hablar de costos de producción en Nueva Zelandia, Paty admite que existe un amplio rango de valores dependiendo de cuanta deuda financiera tenga el productor. “El costo de producción puede estar entre los 4 hasta los 5,5 dólares neocelandeses por kilo de sólido”, detalla el contratista argentino. A valores promedio de sólidos a nivel nacional y considerando el tipo de cambio con el dólar americano, estaríamos hablando de un rango entre los 0,24 y 0,33 dólares por litro de leche.
A los kiwis no les gusta ordeñar
El equipo de trabajo de los Patiño está formado por tres personas full time que trabajan ocho días seguidos y descansan dos, además de contar con cuatro semanas de vacaciones anuales. “Tenemos reuniones diarias de cinco a diez minutos para organizar el día y buscamos también de comer un asado o algo juntos por lo menos una vez por semana para fortalecer las relaciones”, explica detallando que los ordeños son 5.00 AM y 2.30 PM. “Tratamos de no terminar los trabajos más allá de las seis o seis y media de la tarde”.

Sus empleados son dos argentinos y un peruano que provienen de distintos ambientes. Por ejemplo, el argentino Nicolás Bazán (30) es ingeniero agrónomo; el otro, Axel Sánchez (26) es un ex camionero y el peruano Alonso (30) trabajó en marketing. “Con las reuniones periódicas tratamos de explicarles el ‘porqué’ de todo lo que hacemos y de que traten de pensar por sí mismos, para que nadie esté esperando una orden para hacer algo”, explica el contratista argentino. “El objetivo es que todos sepan hacer de todo, no solo ordeñar sino también manejar tractores, mixer, desmalezadora, boyeros, alimentación de terneros, etc. De esta manera la gente se siente más motivada.” Pero en todos lados se cuecen habas dice el dicho. A pesar de las enormes posibilidades de crecimiento financiero y personal que ofrece la lechería, el neocelandés promedio no lo encuentra atractivo por lo que es un verdadero desafìo encontrar gente local que quiera trabajar en lecherías. “Es cada vez más difícil, casi imposible”, admite Paty. “En la Isla Sur es todavía más difícil por las condiciones climáticas. Por esta razón estamos forzados a recurrir a mano de obra extranjera. Trabajando duro e inteligentemente, y con un poco de cultura de ahorro, una persona sin experiencia puede llegar a un puesto de manager en cinco a siete años, siempre ganando un buen sueldo.” Paty detalla que un peón de campo gana un sueldo anual en bruto de 36.000 dólares americanos mientras que un manager está arriba de los 40.000 (US$) dependiendo del tamaño del campo y responsabilidad.

Los Patiño en clima navideño. Andrés (Paty) y Jorgelina junto a sus hijos Keila (20), Julian (16) y Xiara (14) viven en un diminuto pueblo llamado Decre, en el distrito de Wynham.

Los Patiño junto a su equipo: Jorgelina Leiva y Andrés Patiño junto a Axel Sánchez, Nicolás Bazán y Alonso García.
Las particularidades de la Isla Sur
En los últimos veinte años, la lechería neocelandesa se expandió a Southland, donde creció significativamente con lecherías más grandes e intensivos. Prácticamente la tercera parte del rebaño se encuentra allí. Pero producir leche en la Isla Sur implica lidiar con un clima complicado. “En esta zona que es el sur de la Isla Sur, el invierno es muy húmedo y frío entonces las vacas no pueden aprovechar las pasturas porque destruirían todos los potreros. Para eso están los cultivos de brasicas listos para recibir las vacas en estos meses. En nuestro caso, teniendo un galpón y un mixer para alimentar, podemos seguir ordeñando un tiempo más… en teoría… veremos”, sonríe. “En el invierno el desafío es grande ya que las vacas usan mucha energía simplemente para mantener el calor corporal. Estimativamente, una vaca en la Isla Norte necesita unos ocho kilos de materia seca diarios para mantenerse, hablando de una vaca preñada, sin poner ni perder peso. Acá ese valor se eleva a catorce kilos.” A los desafíos climáticos y laborales también se le suman los ambientales con restricciones desde el gobierno nacional y regional cada vez mayores. “En Southland la expansión de la producción lechera se detuvo por completo ya que el gobierno no otorga más permisos para abrir lecherías nuevos”, sentencia Paty. “El principal argumento para esto es la contaminación del suelo con nitratos sea por aplicación de fertilizantes nitrogenados o por el alto contenido de nitrógeno de la orina vacuna. Este último se potencia más en invierno donde las vacas pastorean una pequeña proporción de área por día. Entre siete a diez metros cuadrados diarios por vaca es normal cuando se pastorean brasicas”.
Para el contratista argentino existe una gran brecha entre la percepción pública o la del lobby de grupos ambientalistas o veganos en relación a la propia realidad. “Hoy en día casi todos las lecherías tienen un plan de manejo de nutrientes. La mayoría de los farmers son responsables y buscan un balance de nutrientes neutro para evitar pérdidas por infiltración de nitrógeno o lavado superficial de fósforo”, asegura Paty.
Ciudadanos de dos mundos
Claro está que no podíamos soslayar la mirada hacia el país de esta familia argentina cuyas raíces crecen en otro suelo desde hace tiempo. “Cuando migramos pensamos que iba a ser sólo por unos años y que las cosas mejorarían en Argentina. Pero pasó todo lo contrario, así que está difícil para volver. Extraño muchísimo a mis viejos y a mi hermana Flavia, pero no se puede tener todo. La prioridad ahora son mis hijos”, reflexiona. “En el 2015 nos dieron la ciudadanía neocelandesa que fue un momento muy importante en nuestra vida”. Sea allende los mares o retornando a la Argentina quien sabe cuándo, queda claro que la pasión por la actividad es su eje por un largo tiempo. “En la próxima década me veo canoso y arrugado, pero con las mismas ganas”, ríe. “Ojalá pueda seguir haciendo esto porque me encanta. Espero encontrar un buen mano derecha que me ayude en los momentos complicados y que me permita expandirme hacia otras áreas como la venta de insumos por ejemplo. En febrero empiezo un diplomado en Agronegocios así que voy a estar entretenido por un tiempo.”