Publicaciones Infortambo
Salud mamaria: prevención antes del tratamiento
Una jornada para revisar qué mirar, qué corregir y cómo anticiparse a los problemas de salud mamaria.
Hablar de salud mamaria ya no significa solamente hablar de mastitis clínica o tratamientos. La prevención empieza mucho antes: en el ambiente donde permanece la vaca, en la higiene de la sala, en la rutina de ordeño, en el funcionamiento del equipo y en la capacidad de interpretar los datos para detectar a tiempo dónde se está generando el problema.
Con ese enfoque se desarrolló en Osorno la XI edición del Club de Salud Mamaria, organizada por MSD Salud Animal, una instancia que reunió a especialistas, veterinarios y productores para revisar distintos puntos críticos del manejo. La jornada abordó tres ejes complementarios: el uso práctico y análisis de datos en salud mamaria, a cargo de Ramón Quichiyao; la construcción de programas de salud mamaria desde la experiencia en terreno, presentada por Ricardo Valenzuela; y el funcionamiento y uso del equipo de ordeño, desarrollado por Marcos Muñoz.
Más que proponer una única receta, el encuentro puso el foco en cómo cada predio puede reconocer sus propios desafíos, priorizar los puntos críticos y transformar la información disponible en decisiones concretas de prevención y manejo. Ese intercambio técnico, además, es parte del espíritu del Club: compartir experiencias, generar debate y construir herramientas que puedan adaptarse a distintas realidades productivas.
Contenido
De los datos a la prevención
En salud mamaria, mirar un solo indicador rara vez alcanza. El recuento de células somáticas sigue siendo una referencia central, pero cobra verdadero valor cuando se cruza con nuevas infecciones, casos persistentes, recurrencias e infecciones posparto.
Ramón Quichiyao propuso justamente esa lectura integrada. Como referencia, planteó que las vacas sanas deberían mantenerse por debajo de 200.000 células somáticas, mientras que los sistemas que apuntan a estándares superiores deberían acercarse a valores menores a 100.000. También señaló que la proporción de vacas por sobre 200.000 debería mantenerse bajo 20% y, en rebaños de excelencia, idealmente bajo 10%.
El desafío aparece cuando esos promedios esconden qué animales están empujando el problema. En uno de los ejemplos presentados durante la jornada, solo siete vacas concentraban el 39% del recuento celular ponderado del rebaño. Ese tipo de información permite pasar de una mirada general a una intervención mucho más dirigida.
La misma lógica se aplica al origen de las infecciones. No basta con saber cuántos casos aparecen: también importa entender si el patrón es principalmente ambiental o contagioso, qué vacas se repiten y cómo cambia la situación en el tiempo. Por eso, Quichiyao destacó el valor de trabajar con ventanas recientes de análisis, como los últimos tres meses acumulados, para acercarse mejor a lo que está ocurriendo hoy en el predio.
Así, los datos dejan de ser una fotografía estática y pasan a orientar la prevención. La pregunta ya no es solo cuántas células somáticas tiene el tanque, sino qué está generando esa presión, dónde se origina y qué punto crítico del manejo necesita corregirse primero.
Y ahí vuelven a aparecer los fundamentos: ambiente limpio y seco, especialmente en preparto, higiene consistente, buena rutina de ordeño y capacidad de relacionar los indicadores con lo que realmente ocurre en terreno.
«Cuando las cosas se hacen bien, se ve reflejado en mejores cifras, mejores índices y mejores estándares». — Ramón Quichiyao.
La salud mamaria también se construye con personas
Para Ricardo Valenzuela, un programa de salud mamaria no empieza con una receta técnica, sino entendiendo dónde está parado cada predio. No todos tienen el mismo nivel de conocimiento, los mismos desafíos ni la misma capacidad de implementar cambios, y por eso una estrategia efectiva necesita adaptarse a esa realidad.
Valenzuela compara la mastitis con un libro de varios capítulos: antes de intervenir, hay que saber en qué «capítulo» está el establecimiento. Esa lectura incluye los datos, pero también a las personas que ejecutan los manejos y toman decisiones. De hecho, cuando llega a un campo con problemas, una de las primeras cosas que observa es el ánimo del equipo y cuánto comprenden sobre calidad de leche y salud mamaria.
La capacitación, entonces, no debería limitarse a indicar qué hacer. El objetivo es que quienes trabajan en la rutina entiendan por qué se hace cada procedimiento y puedan sostenerlo con consistencia en el tiempo. Ahí, medidas simples pueden tener mucho impacto. Valenzuela destacó, por ejemplo, la importancia de una aplicación correcta y constante de postdipping como herramienta para reducir nuevas infecciones.
También advirtió sobre otro punto frecuente: insistir con vacas crónicas que ya tienen baja probabilidad de recuperación y que continúan recibiendo tratamientos sin cambiar de fondo la situación del rebaño.
Y los resultados necesitan tiempo. Dependiendo del nivel de infección y del punto de partida, un programa puede requerir entre siete meses y un año para mostrar cambios realmente sostenibles.
La conclusión de su experiencia es concreta: mejorar la salud mamaria no depende de una intervención aislada, sino de la capacidad de alinear personas, protocolos y seguimiento hasta que las buenas prácticas se vuelvan parte de la rutina.
«Estar involucrado y convivir en la sala de ordeño te cambia la visión completamente». — Ricardo Valenzuela.
El equipo de ordeño como parte de la prevención
En la salud mamaria, la máquina de ordeño no puede analizarse solo desde la mecánica. Marcos Muñoz puso el foco justamente en esa interacción entre tecnología y biología: el equipo trabaja sobre un animal vivo, con respuestas fisiológicas y patrones de ordeño que cambian entre vacas y entre rebaños.
Por eso, más que buscar una configuración universal, el desafío está en lograr que el equipo se adapte correctamente a la vaca. Muñoz insistió en que parámetros como el vacío, la pulsación, el flujo de leche, el retiro automático y el estado de las pezoneras deben evaluarse siempre considerando cómo responde el animal.
Una de las primeras señales para detectar desajustes está en la duración del ordeño. Como referencia, planteó que una ordeña completa debería ubicarse idealmente entre cuatro y cinco minutos. También llamó a observar qué ocurre al final del proceso: si el colector permanece conectado cuando ya no existe flujo, o este es muy bajo, puede haber un problema de calibración que termine afectando el confort de la vaca y su respuesta en ordeños posteriores.
El mantenimiento preventivo aparece entonces como una pieza central. El recambio periódico de las partes de goma, especialmente las pezoneras, y las evaluaciones estáticas y dinámicas permiten anticipar fallas antes de que se transformen en un problema productivo o sanitario. Estas últimas, realizadas durante la ordeña, permiten revisar cómo se comportan variables como pulsación, vacío, velocidad y curva de ordeño.
A eso se suma la higiene. Muñoz advirtió que piezas envejecidas, materiales deteriorados o protocolos de lavado mal ejecutados pueden favorecer la formación de biopelículas y transformarse en una fuente de contaminación dentro del sistema.
La prevención, en este caso, no pasa solo por «tener un buen equipo», sino por entender cómo está funcionando, mantenerlo correctamente y observar permanentemente cómo responde la vaca.
«La máquina de ordeña no debe ser el problema, sino nuestro aliado para cosechar la mayor cantidad de leche». — Marcos Muñoz.
Prevenir también es una decisión económica
La prevención no solo tiene impacto sanitario. También incide directamente sobre la eficiencia y la sustentabilidad del sistema productivo. Desde MSD Salud Animal, Marcos Vera, gerente de ventas de la línea Ganadería y Equinos, planteó que uno de los principales desafíos actuales sigue siendo identificar correctamente los agentes que están detrás de los problemas de salud mamaria y, a partir de ese diagnóstico, definir la estrategia más adecuada para cada situación.
Esa mirada también tiene una dimensión económica. «En toda producción animal, la prevención siempre es mucho más barata que los tratamientos», señaló. Trabajar correctamente durante el secado, anticiparse a nuevas infecciones y actuar de manera temprana permite proteger el potencial productivo de las vacas y reducir las pérdidas asociadas a enfermedad y tratamiento.
A ese escenario se suma una mayor incorporación de tecnología. Vera destacó que hoy existen herramientas capaces de detectar cambios en variables como la rumia o el comportamiento y generar alertas antes de que determinados problemas sean evidentes clínicamente. La información temprana abre así una nueva posibilidad: intervenir antes y con mayor criterio.
Desde esa lógica, el propósito del Club se mantiene deliberadamente práctico. Para MSD Salud Animal, el objetivo es que cada participante pueda volver al campo con una o dos herramientas concretas que le permitan mejorar el control de la salud mamaria y aplicarlas en su propia realidad productiva.
«Si quienes participan se llevan una o dos herramientas que puedan implementar en los campos, con eso estamos absolutamente pagados». — Marcos Vera, MSD Salud Animal.
Del intercambio a las decisiones en el campo
Fernanda Kortmann, productora lechera y estudiante, destacó que estas instancias permiten combinar lo teórico aprendido en la universidad con la práctica y, al mismo tiempo, mantenerse actualizados a partir de nuevas experiencias y conocimientos compartidos por los especialistas.
Ese intercambio resume buena parte de lo que dejó esta XI edición del Club de Salud Mamaria. Los datos ayudan a detectar tendencias; los protocolos ordenan la rutina; el equipo de ordeño necesita funcionar dentro de parámetros adecuados; el ambiente condiciona el riesgo; y las personas son quienes finalmente sostienen cada una de esas decisiones en el tiempo.
Por eso, la salud mamaria no depende de una única medida ni comienza cuando aparece una vaca enferma. Se construye antes, en la capacidad de observar, prevenir, interpretar información y corregir a tiempo aquello que puede transformarse en un problema.
En esa combinación entre conocimiento, experiencia y aplicación práctica estuvo también el principal valor de la jornada: llevar la discusión técnica nuevamente al lugar donde realmente tiene impacto, las decisiones que se toman todos los días en la lechería.
«Estas charlas nos sirven también para irnos actualizando con las realidades que se van viendo». — Fernanda Kortmann, productora y estudiante participante del evento.