Opinión y columnas

Protocolo familiar en empresas agropecuarias

Productores agropecuarios debatiendo sobre protocolo familiar en reunión mensual con papeles y presentación

Hay quienes pretenden asegurar que con acordarlo se terminan automáticamente los problemas. Y aunque no exista el protocolo familiar infalible, no es mala idea comenzar a pensar con uno. Puede ahorrar muchos dolores de cabeza.

El título del artículo puede parecer más bien un aviso publicitario. Y de hecho lo es cuando hay quienes pretenden asegurar que, con acordarlo, se terminan automáticamente los problemas en una empresa familiar. Eso sería equivalente a afirmar que el protocolo familiar en cuestión es infalible, que no se ha omitido detalle alguno, y que se trata solamente de que quienes lo han acordado lo cumplan. Pero aplicando solo un poco de sentido común, es evidente que eso del protocolo perfecto no existe.

Un tema atípico en las reuniones

Retrocedamos un poco en el tiempo, para refrescar lo que fue una reunión de productores en la que se abordó este tema, por primera vez en muchos años, de modo que era toda una novedad. Y «escuchemos» lo que tuvieron para decir los asistentes a la reunión.

La iniciativa fue de Carlos T. de «La Tormenta», que había propuesto ya tiempo atrás su inquietud de tratar este tema, teniendo en cuenta que era un grupo que llevaba años reuniéndose, y que entre varios de ellos hay además una relación de amistad. Esta vez una parte de la reunión mensual en «El Zorzal» sería destinada a este tema atípico: el protocolo familiar en las empresas agropecuarias.

Primero fue el turno del asesor, el ingeniero Arnoldo F., que pasó una serie de diapositivas en las que se definía en qué consistía un protocolo familiar, la forma de confeccionarlo, las ventajas que podía traer a la empresa, de modo de que todos conocieran de qué se trataba ese nuevo tema.

Para algunos, los menos quizás, era algo familiar. Para el resto, se trataba de algo nuevo, nunca antes escuchado supuestamente, de modo que estaban ansiosos por enterarse de esa nueva «herramienta».

Y comenzó la ronda…

Primero fue el turno del vasco Viscarrieta, uno de los que ya conocía de cerca el tema.

–En casa estamos trabajando justamente en confeccionar el protocolo, después de años de postergar el asunto. Las nuevas generaciones vienen con sus ideas, y esta fue una de ellas. Así que nos estamos reuniendo todos los meses para acordar en qué va a consistir el protocolo.

Fernando F. no esperó que llegara su turno en la ronda como siempre ocurría para aportar.

–Yo lo que puedo aportar es que conocemos muy bien el negocio. Llevamos cuatro generaciones en esto de sacar leche y nunca tuvimos la necesidad de contar con ningún protocolo familiar para saber cómo teníamos que hacer las cosas. Y mal que digamos, no nos fue mal. Empezamos con un tambo hace años y ya tenemos tres…

El asesor trató entonces de restablecer la ronda.

–Si nos organizamos para seguir el orden va a ser mucho más ordenado. Le tocaría ahora a Guillermo, de «Las Tranqueras».

–Fernando, entiendo su escepticismo –comentó Guille–. Nosotros en su momento estuvimos trabajando en este asunto, y llegamos a un protocolo con mis hermanos, incluyendo a Susana y Teresa, pero después chocamos con la realidad.

–Bueno, me das la razón entonces –interrumpió nuevamente Fernando–. Esto del protocolo no debe ser para todas las empresas necesariamente, cada una decidirá si encararlo o no.

–Mirá –retomó Guille–. Lo que pasó es que cuando ya estaba planteado el conflicto entre hermanos, recién ahí nos pusimos contra reloj a elaborar a las apuradas un protocolo, como para superar las diferencias que habían aparecido, y no sirvió para mucho. Lo que tendríamos que haber hecho es haberlo hecho mucho antes, previniendo para cuando surgieran los conflictos, y no ya cuando estaba «el incendio».

–Tiene razón –aportó Matías P. del otro lado.

Ya la ronda había perdido todo orden, pero por lo menos había ganas de hablar sobre el tema.

–Nosotros decidimos encararlo cuando no había ningún problema en la empresa, pero pensando que en algún momento podían llegar a aparecer. No fue fácil, hubo varias discusiones hasta poder llegar a consensuar qué puntos abarcaría el protocolo, y cómo encararlos. Incluso quedó designado un mediador en caso que fuera necesario. Quedó por escrito, firmado por todos los socios, comprometiéndose a cumplirlo cuando fuera necesario. Como no podía ser de otra manera, con el tiempo llegaron los problemas, las diferencias familiares, y acudir al protocolo nos ayudó y nos sigue ayudando a resolver los problemas que van apareciendo.

–Bueno, por fin uno que tuvo una buena experiencia con esto del protocolo –agregó el asesor.

–Es que no hay fórmulas ni modelos para algo así –retomó Matías–. No es como hacer un contrato de capitalización de vacas o vaquillonas en un tambo, ni como un arrendamiento para agricultura, donde hay tantos modelos ya establecidos, en los que basta cambiar algunos datos, agregar o sacar algún ítem y listo. Cada empresa tendrá que ver por dónde le aprieta el zapato, para diseñar un modelo a medida, no hay recetas infalibles.

Tomó la palabra entonces el asesor, para retomar el caso de Guille, de «Las Tranqueras».

–Me quedé pensando en eso que dijiste en su momento, que confeccionaron el protocolo, pero después «chocaron con la realidad».

–Así fue –contestó Guille mientras le pasaba el mate a Horacio–. Todo parecía previsto en el protocolo, pero cuando llegó la hora de aplicarlo, porque uno de mis hermanos decidió abrirse de la empresa, todo quedó en los papeles. Porque él prefirió ignorar lo que habíamos acordado en el protocolo. Buscó su propio beneficio: en lugar de respetar el protocolo dando prioridad a la empresa para capitalizar sus vacas y arrendarle su porción de campo, se dejó llevar por el mejor negocio ignorando lo que establecía el protocolo que él mismo había firmado, como si fuera un verdadero «remate»: el vecino le ofertó unos litros más por capitalizarle a él sus vacas —con lo cual se derrumbó la facturación por ventas de leche de nuestro tambo—. Y como si esto fuera poco, le ofertó más quintales de soja por arrendarle su parcela de alambre a alambre, sin sacarle las hectáreas de desperdicio que tiene, porque lo necesitaba urgente para llevar allí la recría.

El resto del grupo lo miraba incrédulo.

El testimonio de Guille dejaba claro que, además de contar con un documento escrito y firmado, debía haber buena fe de las partes, asumiendo el compromiso de respetar lo acordado en su momento, y que el protocolo no termine siendo, como dicen los leguleyos, «letra muerta guardada en un cajón».

El resultado fue, además del alejamiento en malos términos de la empresa, el problema familiar que se generó y que parece no tener vuelta atrás.

–Quiero agradecerles sus testimonios –intervino el menor del grupo, Benjamín, de «Las Torcazas»–. Todo este intercambio fue muy enriquecedor para nosotros, como para ponernos a pensar en acordar un protocolo, pero a partir de todas las experiencias escuchadas en esta reunión, todas muy valiosas. Ya les contaré en la próxima.

A todo esto, ya se había superado ampliamente el tiempo previsto para dedicarle al tema dentro de la reunión mensual. De modo que se decidió hacer un descanso y arrimarse al fogón en que ya estaba listo el asado, y donde siguieron las charlas informales sobre esto del protocolo familiar. Señal que había «prendido» el tema.

Conclusión

Con los testimonios fue quedando claro que no existe eso que titulamos «el protocolo ideal para empresa», porque sería generar una expectativa que probablemente no se vaya a cumplir. Tarde o temprano aparecerán temas que no habían sido previstos en su momento, y que harán que este supuesto modelo ideal, al no considerarlo, no pueda dar respuesta, con todas las consecuencias que eso conlleva.

Fue muy importante poder tratar el tema. Pero además darle continuidad en futuras reuniones, y que no quedara como algo anecdótico de esa única reunión. Actuó como un disparador para que todo el grupo pasara a considerarlo como un tema importante, tanto como el precio de la leche.

Ing. Agr. Félix Fares
Infortambo — Gestión